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sábado, 21 de febrero de 2015


Tris, tras, la voz de las tijeras.

Este matacho empezó con el gozoso enredijo. Pero luego caí en la corrección de estilo de un texto sobre pedagogía para la paz y claro está que surgió su opuesto, la guerra, que corta de tajo las conversaciones, los vínculos, la memoria, los arraigos, los hilitos de babas de los besos. Entonces aparecieron las tijeras. 





lunes, 3 de marzo de 2014


Flotando sobre los edificios del norte bogotano una mañana reciente, sostenido por el hilo de la memoria, el cuarto de la abuela, el de las primeras letras para describir el mundo dispuestas para mí en la cartilla Charry (que la abuela señalaba con su dedo nudoso mientras las nombraba), el de la máquina de coser Singer y sus arrullos intermitentes (y su rueda que cuando la abuela no la estaba usando servía para conducir automóviles), el de los suspiros del viejo Káiser durmiendo sobre el pie de cama (claro que ahora que escribo recuerdo que Káiser era negro y que el dibujado es Johny, blanco y caramelo, un perro que tuvimos después), el del lugar secreto del arequipe, el de las fiebres de la infancia.

Otro matacho que fue revelándose en mi libreta durante la reunión de "Saberes y prácticas en educación inicial", por aquello de los objetos portadores de memoria que fueron expuestos. Notas: sigo sin encontrar la cartilla Charry en la que mi abuela me enseñó a leer y que debe estar en algún anaquel de mi casa.


lunes, 17 de febrero de 2014



 Detalle de la intempestiva visita del mejillón volador que le estampa besos robados a este personaje y huye y retorna y huye, en cualquier esquina de los laberintos de la memoria de la ciudad. 



sábado, 1 de febrero de 2014


El auto de espantosos espejos rojos salta en los baches de la calle de los recuerdos.

No es, pero sí es el Zastava, el primer carro de mi familia, con sus espantosos espejos rojos. Salió del micropunta como el croquis genérico de un auto de tres volúmenes y al vaivén de los plumones fue adquiriendo su peculiar colorido, sin relación alguna con el amarillo desvaído que tuvo hasta su achacosa vejez el Zastava. Pero mientras rayaba hablando con mi hermana Ofelia, envueltos en el aroma del café negro, el matacho evocó en ella el recuerdo de los espantosos espejos rojos que tuvo el Zastava, instalados inexplicablemente en los guardafangos delanteros (de modo que para ajustarlos había que bajarse y hacerlo al tanteo o pedirle ayuda a alguien), regalo de la tía Alcira a mi padre, quien se negó a desmontarlos durante años a pesar de su evidente despropósito, para no ofenderla. Casi cuarenta años después, a mi hermana y a mí nos volvieron a las mejillas los colores de la vergüenza de utilizar ese carro convertido en un hazmerreír. Entonces dibujé los espejos rojos y quedó este matacho como esas cosas y personajes de los sueños que no son pero sí.     



jueves, 25 de abril de 2013




Por su parte, la amante aprovecha un cuarto de hora de soledad para repasar el álbum de láminas de amor pasional que su amante le dejó en un sobre envuelto en plástico en una rendija del muro del parque de los enamorados que queda al borde del acantilado. Es una memoria de la piel y su piel rememora.

Y claro está que esta historia hace bucles, se muerde el lomo, y que el parque en mención bien podría quedar en la ciudad del acantilado que publiqué en una entrada de septiembre del año pasado. Por tanto es posible establecer cerca a dónde amarizó la nave alienígena y así todo.